Medioambiente, representación y consumo: ¿es “El Orgullo” un cómplice?

En una era marcada por las políticas de representatividad (cargos públicos, shows televisivos, series en plataformas de streaming, posiciones ejecutivas en grandes empresas, películas de cine y un largo etcétera para personas pertenecientes a distintas minorías políticas), las distintas expresiones del sistema neoliberal (el conocido aspecto económico, pero también su poco evidente aspecto político y Continue reading

En una era marcada por las políticas de representatividad (cargos públicos, shows televisivos, series en plataformas de streaming, posiciones ejecutivas en grandes empresas, películas de cine y un largo etcétera para personas pertenecientes a distintas minorías políticas), las distintas expresiones del sistema neoliberal (el conocido aspecto económico, pero también su poco evidente aspecto político y de relaciones sociales) logran capturar a los movimientos sociales y mutar en función de su preservación, tanto en sus directrices lógicas como de acción. Las posibilidades de adaptación y sus consecuencias parecen infinitas.

Como parte de este paradigma político de representatividad, emerge la oportunidad de crear frases y temáticas que buscan, desde una perspectiva, apoyar a una causa social marcada por la violencia. Mediante distintos slogans, spots publicitarios y la manufactura de una infinitud de productos (poleras, zapatillas, ropa interior, vasos y botellas de plástico entre otros), se promueve un discurso de rechazo a la violencia, al odio y a la ignorancia mediante la adquisición de dichas mercancías.

La importancia de esta apropiación radica, además, en cómo han de marcar la pauta de consumo de las personas que acceden a las prendas tematizadas, generando movimientos de identificación y exclusión social; se suscitan imperativos morales del orden de lo individual. Es decir, situar a las personas como responsables únicas de problemáticas de carácter constituyente de nuestras sociedades, reduciendo cuestiones tales como la homofobia y transfobia a cuestiones individuales.

Además, el discurso único de la ignorancia, deliberadamente ignora que cuestiones como la marginación social son relaciones que buscan ser establecidas para la mantención de las jerarquías de todo orden y no como “fallas del sistema”. La exclusión social ha sido la norma, no la excepción.

La industria textil, como promotora de mensajes y códigos implícitos y explícitos, es una de las industrias más contaminantes del planeta. Ha aumentado el uso de las aguas y de los químicos y ha disminuido la calidad de las prendas de vestir. Por otro lado, ha mermado las condiciones laborales de sus trabajadores y de los sweatshops. Todo esto permite generar la mayor ganancia posible al menor costo.

Por una parte, en lo que respecta a los desechos de las cadenas de producción de la industria textil, no solamente existe un daño a los ecosistemas que habitan en el agua donde dichos desechos industriales son vertidos, sino que dañan el desarrollo de otras actividades económicas a menor escala. La agricultura, por ejemplo, pierde espacios productivos dado el daño realizado a los suelos por efecto directo e indirecto de las aguas contaminadas.

Por otra parte, los sweatshops han de comprenderse como lugares de trabajo en donde la precariedad se convierte en un elemento estructural. Pueden presentarse condiciones de hacinamiento, de insalubridad, de explotación salarial, de extensas jornadas laborales, de trabajo infantil. Se constituyen como espacios de trabajo que violan no solamente leyes de carácter nacional, sino que también las de carácter internacional. La legalidad no posee poder alguno en lo que respecta a su práctica. Han de ser constitutivos en la producción de prendas de vestir: desde marcas de alta costura que se dedican a una producción más reducida, así como marcas que propician la producción a gran escala.

Entonces, con esta breve revisión de los alcances que poseen las políticas de la representatividad, los cuales probablemente no son considerados o pensados como posibles, variadas preguntas emergen: ¿cuál es o son los precios de la representatividad? ¿por qué es buscada si la norma de las relaciones en nuestras sociedades es la exclusión? ¿por qué se acepta la representatividad comercial y política como reparaciones de vejaciones de toda índole?

Una de las distinciones necesarias de realizar, a mi juicio, es comprender la heterogeneidad de las composiciones de un grupo determinados de personas que han de ser agrupadas dado, por ejemplo, experiencias alrededor a la sexualidad y/o al género. Infinitas identidades se encuentran, pero también colisionan. No existe la diferencia solamente como un hecho descriptivo, sino que también como un ejercicio de las relaciones de poder.

Entonces, ¿es posible culpar a alguien? Pienso que es posible identificar cómo se encarnan ciertas experiencias y matrices de comprensión de mundo que podrían tener más o menos responsabilidad al respecto. A mí parecer, aquello responde a la replicación constante de lógicas de ordenamiento y estética del mundo social y medioambiental que son superiores a la comunidad LGBTI+, pero que son replicadas de todos modos.

Concluyendo, la siguiente pregunta me propongo plantear: ¿es posible pensar y ejecutar alternativas a la representatividad, que no signifiquen más costos humanitarios y medioambientales? No podemos culpar a un colectivo de personas que no detentan el poder de los problemas medioambientales de nuestro planeta, pero sí podemos trazar las complicidades a las mismas y proponer otras formas de reivindicar la existencia.

Christopher Nawrath Peine.